El primero es el tamaño. Sería inimaginable intentar introducir una bomba que ocupara demasiado volumen, baste recordar que los pulmones comparten la caja del tórax y requieren espacio para hacer el trabajo de contracción y expansión durante la respiración.
El segundo es la fuente de energía. Una bomba requiere de electricidad que la haga funcionar. Al no poder permanecer conectado el paciente a una toma de corriente, no hay otra alternativa que el uso de baterías. Así fue necesario inventar también una fuente de energía de larga duración, que ocupara poco espacio; o bien que pudiese mantenerse fuera del cuerpo, pero con posibilidad de conectarse con el artefacto que se mantenía adentro. Aquí no pueden darse el lujo de que se acaben las pilas.
Los materiales ocupados deben ser inertes, es decir que no provoquen ningún tipo de reacción negativa y que tampoco sean identificados como extraños por el cuerpo. De no ser así, el sistema inmunológico haría lo necesario para defenderse de lo que no le pertenece al organismo, dando lugar a las ya conocidas reacciones de rechazo.
Otro problema consiste en la generación de calor. Cualquier máquina se calienta por la fricción de sus partes y eso sería indeseable. Imagina lo complicado que es, cuando no puedes poner un ventilador o algo parecido.
Y, bueno, tal vez parezca cosa de broma pero el ruido es también un obstáculo. Un corazón artificial debe ser una máquina silenciosa que no moleste al paciente y que permita a los médicos escuchar adecuadamente con el estetoscopio. Si hiciera el mismo ruido que un automóvil, sería realmente terrible.
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